El figurín no es un plano: es una intención. Indica silueta, época, jerarquía del personaje y, a menudo, un estado de ánimo, pero rara vez explica cómo se sostiene una manga o por dónde se abre una espalda. La primera tarea del taller consiste en traducir ese dibujo a una construcción posible, y hacerlo antes de cortar nada.
Conviene empezar por la silueta general: dónde cae la cintura, cuánto vuelo tiene la falda, si los hombros están construidos o siguen la línea natural del cuerpo. A partir de ahí se identifican las piezas que no se ven en el dibujo pero que sostienen todo lo demás: entretelas, bases, refuerzos, forros que soportan el peso de una capa.
Preguntas que se resuelven en esta fase
Antes del despiece merece la pena dejar por escrito qué hace el traje en escena. Un vestido que solo aparece sentado admite soluciones que serían inviables en un personaje que baila. Si el texto pide que la prenda se rasgue, se moje o se manche cada noche, eso condiciona el tejido, el número de duplicados y la forma de las costuras mucho antes que cualquier consideración estética.
De esa conversación con dirección y figurinismo salen tres datos que ordenan el resto del proceso: el movimiento real del personaje, los cambios que tendrá que hacer y la distancia desde la que el público verá el traje. Un bordado minucioso que se pierde más allá de la cuarta fila es tiempo mal invertido; un contorno bien resuelto se lee desde el anfiteatro.